Somos Muchas

La duda

Mi hija se había perdido y era mi culpa. Me reproché con frecuencia mi labor de madre y a menudo solía repetirme “Le fallé a mi clan, a mi hija, fallé como madre”   Después de la partida de Eoseri no hice más que lamentarme y culparme por cómo resultaron las cosas. Mi familia era una larga estirpe de Cramcas, llena de sabiduría ancestral. A pesar de
todo lo que me enseñaron, mi hija perdió el control. Yo había fallado.

¿Cómo era posible cometer errores? Había seguido cada regla, cada consejo que mi clan me había indicado, no había espacio para las fallas. Recurrí a los sabios en busca de respuestas, de un consejo o al menos un poco de comprensión, pero ellos alegaron que mi hija era el error, un caso sin solución.   No quise perder la esperanza, debía existir otra explicación.
Confiaba en lo sabios, pero también sabía que en todo caso, mi hija no era un error.

Le dí varias vueltas al asunto, hasta que finalmente me dije “esta no debe ser la única respuesta” Estaba segura que mi clan hacia todo lo posible por protegernos y yo no les debía menos.
Debía hallar esa respuesta, esa pieza que nos faltaba. Mi hija era distinta y debía existir otra forma de cuidar de ella.

La decisión

Estaba convencida de eso, así que decidí salir de mi clan y seguir a Bulaser, el gran maestro.
Estaba en deuda con el clan y hallaría la forma de pagarlo.

Un pequeño grupo de Cramcas (entre ellos yo) abandonamos nuestro clan luego de que Bulaser emitió un noble discurso en la Gran Plaza Mayor en el que admitió sus errores y reconoció la necesidad de un cambio.   Promovió “ajustes” a nuestra organización y educación. Pero solo algunos pudieron comprender su visión.

Después de comprender que la mayoría no estaba lista el cambio, decidió abandonar el clan. Convocó a aquellos que estaban dispuestos a seguirlo e inició un viaje con la intención de encontrar un nuevo lugar para vivir, un lugar para encontrar respuestas.

Otros como yo

En el camino encontramos otros seres como nosotros. Seres incomprendidos por sus comunidades que buscaban un lugar diferente, para existir.
Un día, entre todos esos seres que se nos unían, llegó Aseri. Gaorqui que el maestro conoció en un viaje anterior.

Bulaser la llevó a mi tienda, me dijo que aquella mujer tenía algo importante para mí. “Podría contarte mis razones para llegar a este lugar, podría decirte quién soy, podría incluso contarte todas y cada una de mis aventuras, pero entiendo que tienes un único interés en mí (me dijo con algo de prisa) así que iniciaré por contarte cómo fue que conocí a tu hija.”

Aquellas palabras retumbaron con fuerza en mi cabeza. ¿Cómo era posible que conociera a mi hija? Apenas me repuse del impacto intenté hablar, tenía muchas preguntas por hacer, pero como si ni siquiera hubiera notado la impresión que sus palabras me habían causado, simplemente continuó.

“Es probable que mucho de lo que te diga no te guste, pero así es esto. Conocí a Deseri en el alto Prado, una región de la tierra considerablemente alejada de este lugar.

Desde que la ví me dió la impresión de que huía de algo, pero cuando eres un Gaorqui huyes prácticamente de todo. Y no es que se trate de temor, simplemente te vas, cambias, te mueves. Y a mí me pareció que aquella chica buscaba algo. Cuando la conocí estábamos a punto de dar un asalto.” En aquel momento mi corazón se detuvo, recuerdo que lo primero que pasó por mi mente fue “¿Mi hija es una ladrona?” No era posible, estaba impactada, entonces vino a mi mente otra pregunta

“¡¿En que fallé?!”

La eduqué tal y como me habían enseñado, pero al parecer aquellas lecciones no fueron suficientes para que ella eligiera un buen camino.

Un cambio de perspectiva

Pero Aseri me ayudó a comprender que Eoseri, era diferente, que tenía su propia esencia, que era un ser distinto a mí y a nuestra comunidad. “Es una Gaorqui, no esperas que crea que se trata de una criminal ¿O sí? ¿Quién soy yo entonces? Es su naturaleza, la entiendas o no.   No te conozco mucho, pero por lo que Bulaser me ha contado, eres su madre y posiblemente una de las buenas.

Ya hubiera querido una madre como tú. Ni siquiera recuerdo qué fue de la mía. ¡Y mírate! tanta cosa, tanto tiempo y sigues leal a tu hija.  Si me preguntas, no es un monstruo, simplemente vive una vida diferente a la que te imaginaste. ¡Con cuánta facilidad juzgan los de afuera el trabajo qué hace una madre! sólo ella conoce las batallas a las que se enfrenta día a día”  

Mucho tiempo me consumió la culpa de mi mal trabajo como madre (o al menos de lo que consideraba que había sido así) pero en aquel momento entendí que ser madre también implica un gran aprendizaje.

Somos muchas

Yo sabía que mi hija era diferente pero permití que otros la obligaran a corromper su ser tratando de que fuera lo que no era. Me culpé mucho tiempo y creí que nadie podía entenderme. Fuimos distintas y nadie supo entenderlo hasta que fue muy  tarde. Pero aquel día aprendí que si no podía cambiar el pasado sí podía ayudar a construir un mejor futuro. Salí en busca de madres como yo, llenas de preguntas para responder y vergüenza para preguntar. Quería que todas supieran lo que había ignorado: en el arduo trabajo de ser madre, no estaban solas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *